Auténtica boñiga digitalizada que impregnaba de cutrez cuanto salón de arcade tenía la desgracia de acogerla entre su elenco recreativo, finalmente adaptada (¡horror!), a SNES y Megadrive. El juego mezclaba la estructura del juego de lucha tradicional con las formas (y simpleza) del brawler o beat’em-up clásico. La posibilidad de moverse en vertical no camuflaba la pobreza técnica de sus limitados movimientos, con pobrísimas animaciones que convertían a los luchadores en violentos hemipléjicos de espasmódicos golpes y saltitos estáticos como auténticas ranas con mallas. El ring de combate estaba delimitado por una muchedumbre violenta y posiblemente drogadicta que no dudaba en agredirnos si nos acercábamos. La economía de recursos era total, reciclando modelos de forma intensiva (diferenciables por el color de sus pantalones) y recurriendo para la jarana ambiental a un cortísimo loop sonoro que, unido a unas musiquillas minusválidas y unos efectos sonoros que parecían pedos sampleados, sumía al jugador, ya aturdido por la zafiedad de los controles, en una experiencia hipnótica de fealdad, mallas sudadas, cardados y horror.