Itagaki se tomó España como una conquista romana: llegó, vió y venció, aunque ni la cosa parecía ir mucho con él, ni las horas matutinas parecían hacer mucho por desatar la legendaria mala uva («franqueza », corrige cuando se le recuerda ese extremo, «a la gente no parece sentarle bien que alguien diga la verdad sin importarle las consecuencias, simplemente») de un hombre pegado a unas eternas gafas de sol. «Me encanta España, me encanta Madrid», dijo al respetable como quien recita la tabla de multiplicar, aunque el susodicho respetable se tomaba sus palabras como actos de fe: el hype llegó a las biografías. Pero no, el émulo de Steve Tyler se dejó el metal en la otra chupa: su faceta Mister Buen Chico iba a dominar el cotarro. ¿Era éste el mismo hombre que minutos después descerrajaría escupitajos a bocajarro contra la Playstation 3 (una de sus fobias recurrentes: ha sido, respectivamente, «ridícula», «desatinada», «absurda», «inútil» y, finalmente, «horrible »)? ¡Si no hacía sino soltar parabienes! Que si qué bonitas casas, que si qué bien se come aquí, que si qué urbanismo... ¿Estaría de coña? A saber, porque el hombre no torcía el gesto, y hablaba con una amabilidad impropia mientras cogía el mando de la 360...
Y aquello fue todo. Itagaki miró el pad, miró el proyector gigante, nos miró a nosotros y musitó: «es la primera vez que juego mi título en una pantalla tan grande». Entonces nos dio la espalda, y se puso a jugar . Ojo, no a hacer una demostración, no a explicarnos tal característica o tal otra. Sencillamente se tiró casi media hora destripando bichos, silencioso y metido en su papel de Hayabusha. Y los presentes, acostumbrados a esas presentaciones donde lo peor del juego se oculta tras la sonrisa de una Jade Raymond o de un CliffyB jugando con los trucos puestos, tuvimos la oportunidad de hacernos nuestra propia idea del juego. Y, señores, si eso no es honestidad o demasiada pasión por lo suyo, ya no sé dónde buscarla en este marketeado mundo. Que otros buscaran a la leyenda, al depredador jevi, al cadavérico Andrew Eldritch nipón que intimidaba a las azafatas de los grandes eventos con su siseante presencia. Al parecer, los españoles tuvimos la suerte de ver a Tomonobu, el hombre detrás de las gafas que se pasaría el resto de la jornada departiendo sobre su hijita, sobre los juegos que planea para el futuro tras haber cumplido con lo que se quería de él. «Ninja Gaiden II es mi último juego de acción, no habrá una secuela, porque no me queda nada que decir en este terreno».
¿Y ahora qué? ¿Más física mamaria en playas idílicas? No, y sí «quiero hacer algo en el Pacífico, pero algo basado en la Segunda Guerra Mundial, sin ninjas». Y cachondearse de su segundo en el Team Ninja mientras sigue poniendo a parir el Sigma y, con él, la idea «inconcebible» de que Ryu vuelva a esa consola de la competencia, «que podría explicaros por qué es tan mala, pero tendría que entrar en cuestiones prácticas de programación». Carne de guerra de consolas, bocazas más simpático de lo previsto y, al final del día, un estupendo bromista: «la oveja negra del diseño de videojuegos» regaló a los asistentes camisetas limitadas (como las que sorteamos), con su firma estampada en la espalda. Tal que si nos hubiera puesto a todos a cuatro patas.