Xbox 360
13/05/2008
El hombre elefante
Ikaruga
Llega la mejor versión hasta el momento del juego que hizo replantear a la industria sus virtudes y prioridades. Ikaruga siempre renace, nunca muere.
9.6
Es difícil abordar esta reedición de Ikaruga sin que nos embargue la nostalgia. Dreamcast, año 2001, la causa estaba perdida. Una de las consolas con el mejor catálogo visto en tal brevedad de tiempo (apenas tres años), estaba apunto de sufrir una prematura y trágica muerte por culpa del declive económico de Sega. Pero en su último suspiro, ahí estaba, con aberrante discreción, el juego de Treasure. Para muchos entre los que me incluyo, el mejor título del catálogo: un inigualable alegato póstumo a la jugabilidad.
Ningún otro trabajo hubiese servido de modo tan intachable como broche para la última plataforma de Sega; Treasure, una de las desarrolladoras que han estado históricamente más ligadas a la compañía, brindó un título que puso patas arriba un género relegado al sector más puro y undeground de los jugadores, el shoot’em-up clásico, transformando lo simple en complejo y lo tórrido en adictivo.
Si tuviese que escoger mi juego preferido, probablemente sería éste: su imperecedera y diferencial mecánica, engañosa simplicidad e indiscutible belleza atemporal, hicieron que durante años tuviese más tiempo volcado mi televisor que en su posición original. Pero Ikaruga no es un incunable por su impecable aspecto, combinando con maestría mitología oriental, el «horror vacui proyectilístico» clásico del género o el elegante binomio gráfi co blanco/negro. Ni tampoco por su excelente banda sonora, inolvidables piezas cargadas de inaudita épica en este tipo de juegos, siempre más tendentes a la ligereza y despreocupado guitarreo. Treasure creó un shmup de estructura defi nida, con un excelente sentido del ritmo, concebido para divertir desde el primer segundo hasta que un endemoniado proyectil impacta en nuestra hit-zone y destruye nuestras ilusiones de aumentar nuestro récord. Sin ítems, subyugados a la rutina más obsesiva, al perfeccionismo extremo, la difi cultad en continuo crescendo y, en defi nitiva, todo lo que debería ser (y no es) un videojuego: un puro ejercicio de masoquismo, precisión y superación personal.
Esquiva y encadena
Hay muchas formas de jugar a Ikaruga, pero sólo una es la correcta: la que te proporcione mayor puntuación. En un primer contacto (que puede llevar semanas) la, digamos, primera «capa jugable» nos obliga a dominar la bipolaridad de nuestra nave, característica que nos proporciona el poder de absorber los proyectiles blancos en una posición y los negros en la inversa. Superar todos los niveles y sus asombrosos jefes fi nales es sólo el primer paso para dominar el juego: ahora toca aumentar el nivel de difi cultad y abordar el complejo submundo de los chains. Eliminando grupos de tres enemigos del mismo color, sumaremos una cadena mejor cuanto más larga, ya que repercutirá positivamente en nuestra puntuación. Esto nos obliga a limi tar el uso del disparo (y tener cuidado con los especiales…) y a volver a aprendernos los niveles, evitando destruir a ciertos enemigos, esquivar más que atacar y abordar los niveles como una delicada coreografía en vez de una vulgar orgía de explosiones. Si eliminamos a un enemigo del color equivocado, destruiremos la cadena. Si nos impactan, también. Éstas son las reglas del juego: si no eres lo sufi cientemente bueno, no serás recompensado por el azar.
Esta edición es un auténtico milagro. Los usuarios europeos pudimos disfrutar de Ikaruga con la versión para GameCube, mal distribuida por Atari, que frustró la impecable experiencia de juego original con unos inapropiados 50 Hz. Esta versión llega a una plataforma que permite jugar con un apartado gráfi co remasterizado en HD, el más fi el a la recreativa original hasta el momento, tablas de récord y Modo Cooperativo on-line (se acabó el vacile indemostrable), soporte para unos cuantos joysticks arcade aceptables y todo tipo de pequeños detalles que hacen de esta versión la más completa e imperecedera de todas. Incluso podremos volcar nuestros mastodónticos paneles LCD (desde aquí no nos responsabilizamos, pero incitar incitamos) para jugar como nunca imaginasteis.
Ikaruga, tanto en 2001 como ahora, sigue siendo único y ejemplar. Un videojuego consciente de sus posibilidades, que pese a su limitado esquema y a su impenetrable linealidad, siempre logra hacernos descubrir una forma de superar el reto un poco más efi caz, una partida un poco más perfecta. Ambición bipolar, nervios de acero, visión en estéreo. Perfección, como pocas veces se ha logrado ya no en el género, sino en toda la historia del videojuego.