Retro
The King of Kong, duelo de DK Corral
La partida perfecta. Pelucones ochenteros y salsa barbacoa: bienvenidos al e-sport primigenio.
Videojuegos: actividad lúdica que, generalmente, se practica de forma solitaria, repantingado de espaldas al mundo en la intimidad del hogar. ¿Puede imaginarse actividad más carente de glamour? Sin embargo, para algunos esta forma de ocio merece un reconocimiento, un estatus, incluso una gloria a la que aspirar: toda actividad puntuable da pie a la competición. Y esta genera estrellas.
Walter Day no es una estrella: este antiguo hippy de escasa cabellera no es precisamente la imagen de un mito. Sin embargo, Day lleva media vida dedicado a proteger el, posiblemente, más frágil starsystem de toda la constelación de la cultura pop: el de de los videojuegos. No sabemos si Walter Day sabía lo que se le venía encima cuando abandonó su trabajo como ejecutivo en una compañía petrolera para abrir su propio salón recreativo, el Twin Galaxies en el pueblecito de Ottumwa, Iowa. Era el año 1981, la fi ebre del arcade entraba en su apogeo y los medios se mostraban asombrados tanto por el rapidísimo crecimiento de la naciente industria como por el aspecto más humano de una actividad novedosa. El jugador, como arquetipo de humano enfrentado a una máquina de reglas implacables (y elevada difi cultad, que eran los ochenta) daba pie a todo tipo de historias en revistas como Life o Time. Precisamente a raíz de un artículo en esta revista sobre el entonces «mejor jugador del mundo de Defender», Walter Day comprobó el nulo interés que había por parte de las compañías de desarrollo por registrar las máximas puntuaciones obtenidas en los juegos. En consecuencia, colgó en su salón recreativo un gran mural donde iba anotando las mayores puntuaciones obtenidas en los juegos más populares. Y la bola comenzó a rodar.
Aquellos hombres de hierro
Año 1982, noviembre. Una helada mañana de domingo en las calles de Ottumwa, autodenominada Capital mundial del videojuego, frente a Twin Galaxies. Allí están su propietario, Walter Day, junto a un fotógrafo de la revista Life, cinco rollizas cheerleaders y dieciséis adolescentes resacosos que posan frente a una colección de máquinas de arcade. Tipos como Mike Lepkosky o Ned Troide, este último un orondo muchacho que había sido capaz de jugar una partida al Defender durante más de sesenta horas. Con una sola moneda. Aquella foto pasaría a los anales de la historia de los videojuegos como el retrato del primer starsystem videojueguil conocido. La fascinación por los mejores jugadores y sus extravagantes y excesivas hazañas había calado en los medios generalistas, y Walter Day vio muy pronto el negocio. Comenzó un periplo de varios años en los que paseó por medio país con un equipo de jugadores de élite, la autodenominada Selección Nacional de Jugadores de Videojuegos, montando eventos como el Iron Man Contest, un concurso donde aquel capaz de jugar durante más de cien horas recibiría cien mil dólares de premio. No hubo ganador: el fi nalista, James Vollandt, aban donó voluntariamente su partida de Joust a las 67 horas, tras aplicarse en la cara chorros helados de gas freón para mantenerse despierto. Uno de sus participantes, Billy Mitchell, no pudo terminar su partida al averiarse el stick de su máquina por el sudor que chorreaba de sus manos. Mitchell y Day ya eran viejos conocidos: el chaval ya aparecía, con 17 añitos, en la famosa fotografía de Ottumwa. Campeón mundial de Pac-Man, por completar el juego (3.333.360 puntos y las 255 pantallas terminadas... imposible de mejorar, pues la pantalla 256 es una «pantalla de la muerte» donde un error de programación hace imposible continuar), Billy Mitchell se irguió muy pronto como el jugador más famoso de los Estados Unidos. Su pericia a los mandos sólo era igualada por su enorme ego: a esta extravagante «attention whore», de leonina cabellera cardada y corbatas con la bandera americana, lo que gustaba era el pinball, pero comenzó a jugar en los arcades porque «todo el mundo los miraba... y yo quería ser el centro de atención».
Nudillos de acero, meninges de hielo
Mitchell logró la fama mundial al obtener la mayor puntuación, en el 82, en el Donkey Kong, la revolucionaria máquina con la que Shigeru Miyamoto y Gunpei Yokoi (más tarde creador de la Game Boy) sacaron de la ruina a Nintendo. Máquina cuya tremenda dificultad la hacía sólo accesible para los más dotados... u obsesionados. Una obsesión que puede extenderse a nuestros días, como narra el fascinante documental King of Kong: a fistful of quarters que describe, en toda su grandeza y miseria, la pugna de un don-nadie, un profesor de instituto llamado Steve Wiebe que lleva años compitiendo contra Billy Mitchell por obtener el mayor high score en la máquina de Nintendo. King of Kong está llena de momentos extraordinarios al plasmar semejante gesta: Wiebe, a punto de superar el record mundial en el garaje de su casa, golpeado por su hijo de cinco años que le implora que no juegue más. Wiebe describiendo cómo su obsesión por el juego comenzó al ser despedido del trabajo, mostrando los diagramas dibujados a mano con los que memoriza las pantallas del juego y aprende a controlar el movimiento de los barriles. Wiebe viajando por medio país para que Twin Galaxies valide uno de sus múltiples records mundiales, polémicamente anulado por haber sido obtenido en una máquina presuntamente modifi cada (sin que él lo sepa) por un pintoresco archienemigo de Billy Mitchell, un tipo apodado «Mr. Alucinante ». La escena de una octogenaria, campeona mundial de Q-Bert, transportando una cinta de vídeo que hará que Wiebe llore frente a la cámara. Y el punto álgido del film, el glacial encuentro entre campeón y aspirante, con un Wiebe jugando solo, en territorio enemigo, y un Billy Mitchell que, a sus espaldas, en su punto ciego, abrazado a su indescriptible esposa, se niega siquiera a saludarle. Drama, ambición, miseria humana y obsesión, todo ello en el vetusto, pajillero y, por qué no, extrañamente glamouroso marco del arcade de competición.