jueves, 04 de diciembre de 2008 Buscar

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El Popeye más grande de la historia

La minúscula dk’tronics lanzó en 1985 un juego de Popeye programado por Don Priestley, creador de otros juegos de similar aspecto como The Trap Door y secuela. En esta aventura gráfica repleta de ese colorido tan propio de Spectrum, Popeye debe localizar 25 corazones y llevárselos a Olivia. El ingenioso sistema que permite a los personajes moverse a varios niveles de profundidad en el escenario no oculta severos problemas de mecánica, pero lo curioso del experimento bien merece un vistazo.

 

 

Retro

Popeye

02/07/2008

John Tones

Popeye

Popeye es algo más que un simple marinero tuerto y paleto. Bueno, no, un momento... Vale, sí que es un marinero tuerto y paleto.

Lo que pasa es que la imagen que tenemos de Popeye está difuminada por su sobreexposición a la abrasadora luz ultravioleta de la cultura popular, la misma que le ha acabado convirtiendo en mera imagen de marcas de verduras ultracongeladas y en difuso protosuperhéroe que toma espinacas para adquirir megafuerza y liquidar a su archinémesis Brutus. Sin embargo, Popeye es algo más que eso: nació como una creación excéntrica y generadora de un humor muy extravagante, y acabó dulcificándose para multiplicar el curioso magnetismo que despertaba en lectores y (gracias a los extraordinarios cortometrajes de animación en blanco y negro dirigidos por los hermanos Fleischer en los años treinta) espectadores de todo el mundo.

Popeye nació como personaje secundario en la tira diaria Thimble Theater en 1929, protagonizada por la familia de Olive Oyl («Aceite de Oliva» traduciendo literalmente, Olivia Oliva en la libérrima y excelente traducción a nuestro idioma). Pronto su carisma se ganó al gran público, fascinado con ciertas peculiaridades del personaje que se fueron dulcificando (disneyizando, podríamos decir) con el paso de los años: Popeye era un analfabeto radical, lo que le llevaba a pronunciar mal dos de cada tres palabras y a generar gags verbales que se prolongaban en el cómic durante días; Popeye era un tonto encantador, de gran corazón y al que resultaba fácil tomar el pelo. Y, sobre todo, Popeye era un asno hiperviolento que, mucho antes de la popularización de la dinámica superheroica de arreglar las cosas a tortazos, ya era el ejemplo perfecto de personaje superdotado para la confrontación física que no sólo soluciona los problemas a golpes sino que él mismo los generaba con su actitud revientamandíbulas aún más conflictiva que los propios enemigos a los que se enfrentaba. Es decir: Popeye era el prototipo de personaje de videojuego... casi medio siglo antes de la invención de los videojuegos: conciso, contudente y con la violencia como gramática primordial de actuación. Que acabara protagonizando alguno era cuestión de lógica comercial, pero no deja de tener cierto componente de justicia cósmica.

I yam what I yam
Curiosamente, la creación del primer videojuego de Popeye se entremezcla con la de un clásico: Donkey Kong. Nintendo planteó la que acabaría siendo primera aparición de Mario, originariamente, como una adaptación de los dibujos animados de Popeye: en el proyecto original, el gorila sería Bluto (o Brutus, como le conocimos aquí), la damisela en peligro sería la mismísima Olivia, y suponemos que la aparición de secundarios como la Bruja Del Mar o Pilón, o los power-ups en forma de latas de espinacas y no de martillos estarían garantizados.

Cuando Donkey Kong se convirtió en un éxito, King Features Syndicate, propietarios de los derechos del personaje, se lo pensaron dos veces y accedieron a que se llevara a cabo una adaptación de las peripecias de Popeye en 1982. El resultado, obviamente, ya no supuso la revolución jugable del primer hito de Miyamoto, pero sí que es uno de los juegos más sencillos, accesibles, divertidos y bonitos de la época. En tres fases que se repiten cíclicamente, todas ellas de ambiente marítimo (como debe ser) y una incluso a bordo de un barco, Popeye va recogiendo las muestras de amor que le lanza Olivia desde la zona superior de la pantalla: corazones en el primer nivel, notas musicales en el segundo y las letras de la palabra «Help» en el tercero. La acción se salpimenta con apariciones ocasionales de una lata de espinacas como power-up, Brutus, la Bruja del Mar y el buitre Bernardo como némesis y apariciones especiales de Cocoliso y Pilón proporcionando bonus y puntos extra para los jugadores más exquisitos.

Sin duda el gran logro de Popeye es el respeto plástico a los originales, ya muy desvirtuados con el paso del tiempo, de los originales de E.C. Segar, y más cercanos aquí a los dibujos animados en color que popularizó definitivamente al personaje en todo el mundo. Pero el grandioso y grotesco carisma de Popeye y su galería de secundarios sigue intacto, y el juego se esfuerza en reinterpretar movimientos, gestos y actitudes para acoplarlos en un juego que, en los tiempos del píxel chillón y los personajes cabecicubos, respetaba el delineado curvilíneo y el tranquilo coloreado de los cartoons matutinos clásicos.

El juego fue convertido a múltiples sistemas domésticos (Atari 2600, 5200 y 8-bit, Coleco- Vision, Commodore 64, Odyssey, Intellivision y NES), ninguno de los cuales pudo respetar el pulidísimo acabado gráfico de la máquina original. En términos jugables, sin embargo, son sumamente divertidos, y salvo las habituales insensateces gráficas para Atari 2600 o IntelliVision, algunas versiones como la de NES o la de Atari 5200 mantienen bien el tipo. Alguna de ellas, incluso, como la muy fea de Amiga, añaden un nivel extra a los tres que tenía la máquina original.

Criando malvas
Curiosamente, y a pesar de la popularidad de la franquicia, Popeye no ha tenido más intervenciones destacadas en los videojuegos más allá de Popeye, la videoaventura para Spectrum que reseñamos.

Un año antes de la aparición del arcade de Popeye, Nintendo lanzó dos Game & Watch, una de tipo tabletop, y otra de las clásicas y más elementales, con solo dos pulsadores de control. Y una rareza: en 1994, Technos lanzó Popeye: Volume of the Malicious Witch Seahag exclusivamente en Japón y para Super Famicon. Es una especie de juego de mesa en el que Popeye debe rescatar los corazones de sus compañeros, convertidos en piedra. De mecánica rupestre y momentos de acción muy esporádicos, este extraño subproducto tiene su mejor baza en la aparición de personajes olvidados desde los años treinta: el general Bunzo, Bolo y Ox. Secundarios únicos para una época que aún tiene bastante que mostrar.

 

 

 

 

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