Hace unos días agarré unas cuantas consolas viejas y las conecté de nuevo. Soplé los cartuchos, estiré los cables, pasé un pañito húmedo por los transformadores. Lo bueno fue más allá de un tripazo de nostalgia o de jugar a Super Mario Land, nuestro 10 Sobre 10 de este número, con el pad para el que fue concebido. Fue más bien el manoseo del hardware, sopesar cassettes, palpar de nuevo las etiquetas de los cartuchos, abrir las cajas recopilatorias de varios juegos. Fue una experiencia más táctil que lúdica. Igual la gracia de la magdalena de Proust no está en el sabor, sino en el ruido que hace al sacarla del envase.