Desde 1982, el ordenador personal más popular de EE.UU. fue Commodore 64. Algo menos en determinados países europeos como España, donde arrasaron el huracán ZX Spectrum y ese cascajo para amantes de las ensaladillas chillonas llamado Amstrad CPC, y que mantuvieron al gran público alejado de esta maravilla de contundente y discutido diseño e inapelables virtudes técnicas.
En sus mejores momentos, Commodore fabricó 400.000 unidades al año del ordenador, y las razones están claras: su catálogo de juegos tiene, títulos multiplataforma aparte, un halo de producto de culto y un cuidado por los detalles que los hacen muy reconocible. Para Commodore 64 se crearon los mejores títulos de artes marciales de la época, algunos shooters magistrales y experimentos primigenios con las 3D que sus compañeros generacionales replicaban con patética dificultad.
Sin embargo, si por algo Commodore 64 sigue siendo hoy una máquina con una escena viva es gracias a su asombroso chip de sonido SID: característicamente melancólico, sobre él trabajaron genios de las chiptunes como Martin Galway, Rob Hubbard, Jeroen Tel o Chris Hülsbeck, responsables en buena medida de lo señalado más arriba: un juego de Commodore 64 a menudo solo podía existir... para Commodore 64.