La cultura popular es, por definición, endogámica. Un coto privado habitado por celosos especialistas, portadores cada uno de su propia verdad. Esto da lugar a escisiones y bandos en cada campo. Así, en el mundo del cómic está el gafapastismo europeo, la filiación nipona y el fervor proamericano; en el cine, cinéfagos y cinéfilos se llevan a matar. Y ni siquiera vamos a entrar en el mundillo musical. Los videojuegos no escapan a estas riñas, que dan lugar a cruces de habladurías, bulos y mentiras. Un «quién la tiene más larga» que da lugar a una ristra de leyendas urbanas y mitos preocupantes.
Y mientras, desde fuera, se mira con recelo este mundo tan cerrado. El desconocimiento o la desidia hace que los neófitos se inventen sus propias conclusiones. Después de todo, nada bueno puede salir de unos tipejos que hablan de consolas, marcianitos y juegos de vídeo, ¿verdad?
Chismes y bulos mal texturados
Un fenómeno social como los videojuegos tienen un calado tal, que sectores ajenos a este campo intentan atajarlo por medio de la demonización. El temor a lo desconocido les lleva a acusar a esta manifestación cultural de males que nada tienen que ver con ella: los problemas de la juventud, brotes de violencia homicida, fallos en la educación... Mitos, en definitiva, respaldados por la caja de resonancia de los medios de comunicación más amarillistas. Y mientras nuestros jóvenes se convierten en asesinos en potencia o marginados sociales por culpa de los juegos, los jugadores libran sus propias batallas.
El hype, la anticipación que rige el campo de los videojuegos respecto a sus títulos y consolas, es también el perfecto altavoz para que cualquier rumor o verdad a medias cobre peso hasta ser casi real. La accesibilidad a herramientas de comunicación, como los blogs, ha creado una galaxia de autoproclamados periodistas que promueven su fanatismo. Unos y otros, expertos y neófitos, fabulan y exageran. Es hora de darles un baño de realidad.