Es decir, un sueño húmedo a tres bandas: para obsesos de líneas jugueteras estrafalarias; para eighty-kids que ahora rondan la treintena; y para fanáticos de los robots monstruosos que utilizan tanques como si fueran nunchakos. Sí, podéis respirar tranquilos: salvo apocalipsis conceptuales de última hora, la película será increíble. Y Transformers: The Game tiene que estar a la altura.
Sin embargo, lo tiene más sencillo que Spider- Man 3 y su complicado equilibrio entre una serie de factores (argumento, acción, fidelidad a la película) de volátil estabilidad. En este caso, Traveller’s Tales sólo tiene que asegurarse de que haya: a) robots gigantes que se transforman en vehículos; b) destrucción de la propiedad pública; y la mucho más sutil c) que el jugador pueda controlar tanto a los bondadosos Autobots como a los maquiavélicos Decepticons.
Las buenas noticias son que los tres puntos se cumplen. Las malas aún no las hemos recibido pero, eh, es que tampoco era tan complicado.
Robots atizándose
En la primitiva beta que hemos probado se nos permite escoger entre cualquiera de los dos bandos, cosa que hemos disfrutado con morboso placer. Si el jugador quiere ser un Autobot, seguirá el argumento de la película. En una ingeniosa idea poco habitual en juegos que adaptan películas, siempre tan constreñidos por los argumentos, si el jugador quiere controlar un Decepticon se sumergirá en un what if?, y deberá conquistar el planeta tierra.
De este modo hemos comprobado que Transformers es un juego de estructura abierta pero muy guiado por una serie de misiones que tendremos que cumplir. Para quienes sueñen con ejércitos de mechas enfervorecidos, lamentamos sacarles del sueño: Transformers sólo permite jugar con cuatro Autobots y cinco Decepticons, aunque combatirán, obviamente, contra muchos otros robots no controlables por el jugador. Sin llegar a poseer una estructura tan abierta como la de un GTA, Transformers parece consciente de la fascinación que despierta en los fans de la franquicia la posibilidad de controlar con total libertad a sus personajes, y las constricciones de tiempo y espacio se producen sólo dentro de las misiones.
Nos hemos movido por una ciudad (a los mandos del Autobot Bumblebee contra el Decepticon Barricade) y por una base militar (con el Decepticon Blackout), y hemos visto entornos completamente destructibles, uso creativo de armas multiformes (Blackout, por ejemplo, usa las aspas del helicóptero en el que se transforma como si fueran katanas) y una satisfactoria escala XXL para todo el diseño de los personajes, los decorados y las relajantes somantas de palos entre robots, capaces de enviar al contrincante volando al otro lado de la ciudad.
Y, cómo no, transformaciones. La espectacular mutación de Bumblebee en un deportivo y viceversa nos ha tenido fascinados durante minutos en los que no hemos hecho más que pasar de robot a vehículo y viceversa. La transformación conlleva también un salto de género, y así el juego pasa de ser un beat’em-up entre robots a ser un sencillo arcade de conducción. Una idea interesante, la de la equivalencia entre transformación de robots y transformación del juego. Crucemos los dedos para que se vea desarrollada como merece.