Chili con Carnage es un juego de acción tan elemental que explicarlo es desvirtuarlo un poco. En el papel de Ram, hijo de un agente de la DEA asesinado por narcotrafi cantes mejicanos, el jugador se introduce en una serie de ambientes fronterizos y peligrosos repletos de enemigos que tiene que aniquilar para ir avanzando. Punto.
Los niveles son lineales, y de hecho, el objetivo del juego no es resolver una historia intrigante o desentrañar laberínticos recorridos, sino recibir una recompensa visual, inmediata y brillante por las acrobacias que Ram va encadenando y los combos de enemigos caidos. Chili con Carnage es un juego básico hasta lo esquemático, pero sabe qué le gusta al jugador que busca acción a niveles elementales. La munición nunca se acaba. Los enemigos mueren de distintas maneras según la parte del cuerpo donde se les acierta. Es posible acabar las fases sin llegar a superar el mínimo tiempo permitido para que se diferencien los combos (es decir: se puede acabar un nivel sin que cese el primer combo de muertos).
Ram no da saltos normales: en todos sus saltos se lanza en plancha, rebota contra una pared o hace una acrobacia. Es decir: todo por la acción, todo por el espectáculo. Las defi ciencias de control (que no proceden del juego, sino de las características de la propia PSP y su ausencia de un segundo stick) no impiden que la orgía de polvorines encadenados que supone Chili con Carnage sean casi hipnóticos. Y la otra hipotética carencia de este intrascendente disparate de Deadline Games, haber perdido la libertad de movimientos y el mapa abierto de su precedente, Total Overdose, rápidamente se convierte en su mayor virtud: cero exploración, cero refl exión. Todo sangre, plomo y fuego.
CONCLUYENDO
Tamizado por un humor acrobático incesante, Chili con Carnage es exactamente lo que pretende: una traducción al videojuego de lo que la excelente Desperado de Robert Rodríguez era al cine de acción: un producto tremendo, grotesco, imposible, paródico, sobrado y divertidísimo.