sábado, 22 de noviembre de 2008 Buscar

Noticias

13/02/2007

Ignacio Selgas

The Zone, por Ignacio Selgas

El baile de los clones

No era la mejor de las semanas ni la mejor de las noches. Tampoco era el mejor de los videojuegos, ni yo soy el mejor de los jugadores. Las tres de la mañana de un martes no es la mejor de las horas para estar jugando. Todos duermen, todos descansan. Necesitan fuerzas para enfrentarse a otra jornada, para hacer algo con sus vidas. Es entonces cuando yo, un yonki que no se droga, un adicto a la nada, juego. Exprimo mi vieja caja negra, invoco al achacoso demonio de una consola obsoleta y le pido un ratito de diversión. Pero los demonios, cuanto más viejos, más cabrones.

La siniestra sensación comenzó con The Warriors. Un juego de más de un año con un motor gráfico muy modesto cuya sobriedad me golpeaba como el más duro de los final bosses. Mi ortopédico bandarra recorría callejón tras callejón de los mismos edificios grises de contraste apagado, cruzándose con transeúntes idénticos, en una eterna noche... Mal rollito.

Saco el disco y pienso: "mejor volver con el viejo maestro". GTA San Andreas: misma fórmula, más esteroides. Palizas en soleadas playas, carreras de taca-taca colina abajo y combinaciones imposibles de sierra y paracaídas. El GTA es como un tanga: una macarrada que siempre se recibe con alegría. Y de pronto, el horror: un motel de pesadilla. Largos pasillos idénticos de paredes lisas, texturas clonadas, todos vacíos. Tras un pasillo viene otro igual, y otro, y otro. Las habitaciones a los lados son cubos morados con una tele, una cama, una bañera; siempre la misma tele, la misma cama, la misma bañera. Y allí no hay nadie, ni nada que hacer, ni se escucha más ruido que el de mis pasos. Como en un cuadro de Escher pierdo la noción de las dimensiones: lo que tengo delante es idéntico a lo que tengo detrás. Algún día esto se considerará arte, el arte de los entornos de pesadilla de las viejas consolas. Vacío mi cargador: tengo que llenar este horror vacui con algo, aunque sea con ruido. Pero es inútil. No podré escapar del demonio de la obsolescencia gráfica recorriendo estos pasillos clonados.

Tercer juego. Scarface. Scarface vencerá a mi demonio de madrugada de martes con sudor y pelotas cubanas. Conduzco por la acera. Parto unas jetas. Esto va bien. Mi testosterona me empuja al interior de una discoteca. Suena un tema de Giorgio Moroder. Guay. Pero de pronto, de nuevo, El Horror. En la pista hay diez mujeres. Diez mujeres idénticas. Y bailan con diez hombres. Diez hombres idénticos. Agitan sus toscos polígonos en ciclos espasmódicos. Es el baile de los clones. Recuerdo pesadillas antiguas. El Streets of Rage 2: hordas de enemigos idénticos con nombres ridículos: Beano, Abadede, Galsia... Pero esto es mucho peor. Porque esto intenta parecer real. Salgo corriendo. Grita Scarface. Grito yo. ¿Qué ruido hace un árbol al caer en el bosque si no hay nadie para oírlo?¿Continúan los clones bailando cuando apago la consola? Desde entonces, duermo mal.

 

Sites de Grupo Zeta