Hace tiempo me hablaron de este concepto rimbombante, pero ahora he comenzado a tomármelo en serio. Según la teoría de la «obsolescencia programada », desde la nevera al ordenador, pasando por el iPod, la cafetera y hasta el más humilde mechero, todo diseño industrial incluye no sólo una estimación de la vida media del aparato y de sus diferentes piezas, sino artimañas, técnicas y estrategias concretas para que la cosa, al cabo de un tiempo, se rompa. Todo cuanto nos rodea estaría diseñado para caerse a pedazos. Diseñar un aparato indestructible, o simplemente de longevidad elevada, es un suicidio industrial.
La teoría, presumo, mezcla certezas evidentes con la mitología conspiracionista del perfecto duermemozas de barra de bar. Pero lo cierto es que, desde que Microsoft decidió sacar al mercado un huevo frito con forma de consola, cada vez estoy más tentado a creérmelo todo. Los errores de diseño de la Xbox 360, con una GPU embutida bajo una unidad lectora que impide toda refrigeración, parecen tan garrafales que sólo pueden entenderse como una aplicación excesiva de las leyes de obsolescencia programada. A alguien se le fue la mano, y nació la única consola con fecha de caducidad de la historia. La extensión de garantía a 3 años adoptada por Microsoft es loable, sí, pero también es la mayor bajada de pantalones que se ha visto en esta industria. Pero más asombrosa aún es la reacción de muchos usuarios. Lejos de presentarse con su tostadora blanca en el vertedero más cercano, los hay que ya van por su segunda y tercera 360. ¡Qué gran negocio! Y lo cierto es que actualmente hay tantos modelos donde elegir que resulta (casi) comprensible. Y si nos vamos al mercado de segunda mano, versiones baneadas y no baneadas, modifi cadas y vírgenes, habiendo pasado por el SAT o con la explosión térmica inminente. Ante semejante panorama, permitan que corra a abrazarme a mi PC.