Reconozcamos unos pocos hechos indiscutibles. Primero: el último Zelda es un juego de Nintendo lanzado a finales del año 2006 para Wii y Gamecube. Segundo: un 89 es un punto menos que 90 y uno más que 88. Hechos objetivos y perfectamente comprobables.
A partir de ahí, casi cualquier cosa que digamos sobre el juego será una opinión, y es lo que parecen no entender los fanáticos de la serie, obsesionados con la cuenta de la vieja, la popularidad de la serie y las etiquetas que ellos mismos se ganan a pulso. Y así, se pueden leer cosas tan espectaculares (y pelín desasosegantes) como «Cuando mi opinión es compartida por la mayoría de gente que conozco, la mayoría de internet, y la mayoría de la crítica, es cuando una opinión subjetiva pasa a ser objetiva». Cuidado, que luego los presuntuosos somos los que nos sentamos a este lado de la revista porque osamos darle una décima menos de lo previsto a un juego.
Como decía otro forero algo más sensato, en el planillo lo pone bien claro: «La revista no se hace responsable de las opiniones de sus colaboradores, ni se identifica necesariamente con la opinión de los mismos». Parece mentira que a estas alturas tengamos que estar recordando la diferencia entre opinión e información, pero no nos molesta reincidir en ello, que los insultos nos revitalizan y nos ponen la piel tersa: cascarle un 89 a un juego es cuestión de opiniones.
Otro día, si quieren, discutimos la validez de calificar numéricamente una obra de entretenimiento, auténtica gilipollez para quien esto firma, pero que los fanboys exigen gustosos, sobre todo porque facilita la labor de medírsela con las respectivas némesis virtuales. Pero hasta que en un mundo justo existan reviews sin notas, mantengamos la perspectiva: una opinión, razonable o no, no es más que una opinión. Y Zelda se queda con su 89.