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Mercenarios
Disputas geopolíticas exigen que ciertas cosas se hagan de tapadillo. Siempre se puede contar con profesionales que olvidan los escrúpulos a cambio de dinero. De mucho.
Los mercenarios siempre resultan apasionantes para el imaginario popular: personajes cuasiamorales que aceptan cualquier clase de trabajo dentro de su especialidad, siempre que les llene los bolsillos y les proporcione la reputación necesaria para continuar en el negocio. Por si fuera poco, la naturaleza de su trabajo escapa completamente de la cotidianeidad. Está claro: la profesión de mercenario es carne de videojuego, y la mejor muestra de ello es este Mercenarios: El Arte de la Destrucción.
Aunque el juego llegó en su momento con la carta de presentación de la mítica LucasArts, el juego está desarrollado por uno de los estudios más particulares de la industria, Pandemic Studios. Aunque el grueso de su producción se centre en la franquicia Star Wars, Pandemic es responsable de dos de los juegos más interesantes de la pasada generación y que, en cierto modo, están presentes en Mercenarios. Por un lado Destroy All Humans!, una gamberrada sin concesiones a la sobriedad en la que un extraterrestre convierte la Norteamérica de los años cincuenta en su patio de recreo, mientras recoge algo de ADN por el camino. El juego, además de sus notables dosis de humor negro, usaba un sistema de juego basado en la saga Grand Theft Auto. Si bien el juego es posterior en algunos meses a Mercenarios, ambos comparten esos dos aspectos en particular. Por otro lado Pandemic creó el que tal vez sea el mejor juego táctico-militar basado en escuadras, Full Spectrum Warrior. En él, el jugador debía hacerse cargo de la supervivencia de un grupo de soldados en plena guerra de un imaginario país de oriente medio, con una obsesión enfermiza por el detalle en lo referente a escenario y armamento. Mercenarios, sin adoptar el estilo de juego, sí crea un entorno creíble, sea con desiertos o zonas montañosas de la Corea del Norte en la que se desarrolla el juego, o aportando numerosos datos de hasta la última arma o vehículo que encontremos.
El estilo de juego recuerda al de cualquier clon de Grand Theft Auto III, adaptado a las necesidades del guión: en Mercenarios trabajamos simultáneamente para varias facciones con intereses en la zona (China, Corea del Sur siempre de la mano de la CIA, la mafi a rusa, y las Fuerzas Aliadas), y contra un enemigo omnipresente e irreconciliable: Corea del Norte. Sería fácil recibir encargos de unos u otros siempre contra Corea del Norte, pero haciendo honor a la volátil lealtad de los mercenarios normalmente nos encontramos con misiones que pueden perjudicar las relaciones con alguno de nuestros bandos aliados, por ejemplo cuando un oficial chino desea ver eliminado a un capo ruso que ha ocupado un territorio que a él le interesa. ¿La mejor opción? Buscar la forma de realizar el trabajo sin ser descubierto. La otra es hacerlo a tumba abierta y afrontar las consecuencias: cuando la afinidad con una facción se ve afectada, dispararán al mercenario en cuanto lo vean como un enemigo más. La ocultación es una de las mejores bazas de un mercenario en un escenario tan complejo, y así al robar un vehículo de alguno de los bandos en confl icto, inmediatamente nos confunden con alguien de los suyos, facilitando así tareas que de otro modo rozarían lo imposible. La misión principal en Corea del Norte es descubrir a los 52 líderes norcoreanos, convenientemente distribuidos en una baraja de cartas. Cada misión que hagamos para alguno de los bandos aliados nos proporcionará datos de la localización de cada uno de ellos, y nuestro enlace lo situará en el mapa al pasar cerca. Como notas de diversión extra, tenemos la demolición de edifi cios, carreras remuneradas y varios tipos de misiones y juegos secundarios como el clásico «Empuja el barril», o el robo de vehículos para los rusos.
Como curiosidad, la coartada para evitar muertes de inocentes. como en GTA, es descontar de su salario al mercenario los daños colaterales. Y si hay algo que un mercenario necesita en esta vida es dinero para bombardeos tácticos.