No sabía si sorprenderme o no ante la reacción que en la redacción de Xtreme suscitaron mis dudas acerca de la moralidad de un juego como Call of Duty 4, al que políticamente podríamos califi car, como mínimo, de confl ictiva (dejémoslo ahí: no es la intención de esta columna matizar las implicaciones políticas del juego de Activision; es una cuestión que, además, fue ampliamente discutida en el reportaje Videojuegos y Política de Xtreme180). En un momento dado me atreví a califi car la violencia de Call of Duty 4 de genuinamente peligrosa, y rápidamente dos redactores saltaron bramando que a alguien como yo, que había defendido apasionadamente los excesos hiperviolentos de juegos como Manhunt 2, no estaba en posición moral para quejarse de nada.
Mis dudas acerca de la violencia presente en Call of Duty 4 (y acerca del que, desde luego, estoy muy lejos de sugerir que se prohiba su distribución, y no miro a nadie) no son relativas a la intensidad de la violencia que presenta: en ese sentido está muy lejos del propio Manhunt 2 o incluso de simulaciones bélicas más o menos fantasiosas, como Gears of War. Mis problemas con COD4 van más hacia el planteamiento violento de un mensaje político igualmente agresivo. Ojo: es un tema muy complejo, y no sin razón, mis compañeros subrayaron que habría que revisar el contenido político, y juzgarlo en consecuencia, de todos los juegos ambientados en la II Guerra Mundial y de la imposibilidad de hacer el papel de nazis. ¿Se trata de corrección política o de higiene mental?
Lo que sí tengo claro es que hay que hablar del tema, y cuanto más mejor: me gustaría encontrarme con algún periodista del sector que se implicara en este sentido, aunque no necesariamente en el mismo análisis en el que se glosan los magnifi cientes detalles gráfi cos y jugables del juego, que también me parece perfecto. Pero cuando yo defendí la violencia gráfi ca y (esta sí) inofensiva de Manhunt 2, lo hice sin titubeos y con todas las consecuencias. Ahora, el que quiera peces... que se moje el culo.