sábado, 22 de noviembre de 2008 Buscar

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08/01/2007

IGNACIO SELGAS

¿El terror de las nenas?, por Ignacio Selgas

En 1979 un japonés llamado Toru Iwatani comenzó a trabajar para Namco, una de las principales compañías japonesas de videojuegos. Su objetivo era crear un juego que resultara atractivo no sólo para las hordas de adolescentes pajilleros que ya llenaban los salones de arcade, que en aquellos años vivían su edad de oro, sino para las chicas, los adultos y lo que hoy conocemos como público casual. ¿El resultado? Pac-Man, un redondelote amarillo con poca pinta de seductor de señoras y que, sin embargo, logró con creces su objetivo… o no lo logró en absoluto. Nadie lo recuerda. Poco importó el objetivo inicial del bueno de Toru cuando su retoño, gracias a un diseño de juego que rozaba el mesmerismo digital, comenzó a devorar los bolsillos de calderilla de japoneses y americanos. Puede que los salones de arcade de Utah y Wisconsin no se llenaran de rubias cheerleaders deseosas de agitar el ansiado joystick: a nadie le importó. Pac- Man se había convertido en el Dios monocromo de los salones recreativos, en parte de la historia de la cultura pop y en el primer personaje (vagamente) antropomórfico de la historia de los videojuegos. Pero el reinado del dios amarillo no duraría mucho: pasado el ecuador de los años ochenta la cultura de arcade comenzó un agónico estertor cuyos ecos reciclados aún se oyen hoy en día en forma de ruidosas máquinas de Dance Mania que luchan por volver a llenar lo que antes fueron verdaderos templos del entretenimiento digital. La popularización de las videoconsolas domésticas hirió de muerte al bueno de Pac-Man; comenzaba el imperio del videojuego doméstico.

El mes pasado se lanzó en España Wii, la última consola del gigante nipón Nintendo. En este enésimo episodio de la Eterna Guerra Mundial de las Consolas, Wii se enfrenta a dos colosos del silicio, Sony y Microsoft, enzarzados en tal carrera armamentística que las voces más alarmistas ya comienzan a temer por la solidez de los cimientos de lo que hasta hoy parecía una industria que sólo podía crecer. El tropezón de Sony ha sido de órdago, con retrasos en la producción y un precio final anunciado para su producto que convertirá a la Playstation 3 en un electrodoméstico de lujo. Y Microsoft tampoco puede confiarse: con unos costes de producción por juego cada vez mayores, la industria gira lenta pero inexorablemente hacia los valores seguros, hacia el riesgo cero, las sagas y las licencias. Hacia el GTA XIX "Marbella Blues". Hacia el Tony Hawk XXV "Geriatric stunt". Hacia el sopor. Y ante este panorama, ¿qué ofrece Wii? Un nunchaku de plasticazo blanco. Y un mono saltarín. Y un gordito con bigote. Veintisiete años después de que Toru Iwatani entrara por la puerta de Namco decidido a conquistar a las nenas, Nintendo se apea de la locomotora del progreso ciego y anuncia que está decidido a poner a jugar a tu abuela. Tienen el talento, la experiencia y el nunchaku, pero ¿será la conquista del jugador ocasional el trozo de tarta que salvará a una industria que puede estar devorándose a sí misma?

 

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