sábado, 22 de noviembre de 2008 Buscar

Noticias

20/12/2006

Ignacio Selgas

Aburrimiento necesario, por Ignacio Selgas

Como jugadores estamos tan habituados a que suceda lo espectacular, lo imposible, que en ocasiones el acontecimiento más normal y aburrido se recibe como un soplo de aire fresco. Convertido en un gangster afroamericano de 120 Kg de peso, montado en una ridícula BMX arrancada de las manos de un niño a punta de AK-47, me encuentro paseando por boscosas montañas en busca de alguna granja perdida. ¿Qué estoy haciendo aquí? No lo sé, realmente no hay mucho que hacer. Todo es silencio y pinos clonados. Esto debe de ser lo que algunos llaman, cargados de petulancia, «free roaming». Yo diría que, simplemente, me estoy aburriendo... Un todoterreno de la policía surge de la nada y no puedo evitar chocar con él. Comienza la persecución. No hay razonamiento alguno: me tocas, te persigo. Causa, consecuencia.

Las leyes de este mundo alternativo son simples pero infalibles. Ya no me estoy aburriendo. Zumbamos colina abajo, esquivando los árboles con habilidad matemática. Yo no soy yo y esto no es el mando de la Xbox. Soy veloz, fuerte y negro. No, no. Soy El Negro. Y estoy armado. Y voy a toda hostia en una bici pequeñita, dando pequeños giros como en una coreografía perfecta. Nada escapa a mi control, el juego y yo somos uno: estoy en La Zona. Casi puedo sentir el roce de los árboles silbando a centímetros de mis oídos mientras disparo la pequeña UZI sobre el coche policial. Bajamos una ladera virtual como nunca nadie bajó una ladera real. La frenética persecución tiene un fin abrupto al llegar a un precipicio. Salimos volando. El coche de policía se convierte en una bola de fuego contra una pared de granito. Yo describo una improbable parábola y, gracias a un motor de física poco exigente, aterrizo en perfecta vertical, como un santo, un santo negro. No me he despegado del sillín. La bicicleta está parada sobre unas vías de tren, como si no hubiera pasado nada. ¿Un día cualquiera en San Andreas? Puede que no.

Las leyes invisibles de la espectacularidad programada exigirían que ahora, como si estuviéramos en una mala película de acción hongkonesa, se oyese el silbido de un tren pasando sobre mí justo en el preciso momento en el que acabo de aterrizar. Tendríamos un zoom de mis (rasgados) ojos inyectados de terror, y veríamos como el expreso «San Fierro» convierte mis tripas en un batido de chocolate. O mejor aún: yo caería sobre el mismo tren y ya estaría cómodamente tumbado sobre su techo, con la bici a mi lado. Vale, pero no estamos en una película. Estamos en un mundo de realismo limitado, donde lo impredecible es, a veces, posible. Los polis se han desintegrado. Yo he volado 60 metros y no me he caído de la bici, ni siquiera me he roto un dedo. Pero ahora mismo no está pasando nada. Absolutamente nada: estoy sobre las vías y no viene ningún tren. Espero. El mismo silencio de antes. Ahhh... qué maravillosa sensación de normalidad...

 

Sites de Grupo Zeta