Tras tres entregas protagonizadas por Phoenix Wright (calma, al parecer la tercera acabará llegando al mercado europeo un día de éstos), Capcom retoma su tragicómica saga de aventuras procesales, con un nuevo protagonista al frente. Se llama Apollo Justice (la Virgen, vaya nombrecito), y como Phoenix, da sus primeros pasos en la abogacía como un absoluto pardillo. Por suerte, cuenta con ayuda externa (no voy a destripar a cargo de quién) y una extraordinaria capacidad para percibir los tics nerviosos de todo aquel que ose subir al estrado. Esta «cualidad especial» que sustituye al Psyche-Lock de Phoenix, será un arma esencial para desenmascarar al verdadero culpable de cada caso.
Al igual que en las anteriores entregas, cada uno de los cinco episodios que componen el juego alternan la labor de investigación sobre el escenario del crimen (recopilando y analizando pistas, interrogando testigos y sospechosos) con el posterior desarrollo del juicio. Cada proceso es un espectáculo en si mismo, tanto por las pintas de los personajes (empezando por un abogado que parece el quinto Locomía, hasta una camarera que sube a declarar con la bandeja en la mano) como por los insospechados giros que toman los juicios. Cuando creas que ya tienes al juez en el bolsillo, el fiscal se sacará de la manga una prueba capaz de desmontar toda tu defensa. Entonces será el momento de gritar «¡Protesto!» ante el micro de la DS, aunque si estás jugando en un velatorio o simplemente eres tímido, también podrás acosar al fiscal y los testigos pulsando con el stylus la opción correspondiente.
Impecablemente localizado al castellano (tanto textos como voces), Apollo Justice es una nueva demostración de las grandes posibilidades que ofrece la DS dentro del campo de las aventuras gráficas. El control con el stylus no puede ser mas intuitivo, de tal forma que a los cinco minutos de juego te verás completamente inmerso en unos guiones magníficamente escritos, mientras te carcajeas con el estrafalario aspecto de algunos personajes o te indignas con las arteras maniobras del fiscal. Si todos los juicios fueran así en la vida real, la gente iria a pasar la tarde a los juzgados de Plaza de Castilla con palomitas y la bota de vino.