Richard Freiherr von Krafft-Ebing, psiquiatra austriaco del Siglo XIX, no solo era capaz de ahogar a cualquiera que intentase pronunciar su nombre del tirón. También era un guarro. Pero ojo, guarro ilustrado, lo que le daba coartada para recopilar todas las perversiones sexuales de la época. Fue también quien estableció los términos de masoquismo y sadismo, por lo que sus noches con su esposa María Luisa debían ser fi estones de órdago.
Con este bagaje, nuestro buen amigo publica en 1886 Psychopathia Sexualis, un tratado que recopilaba todas aquellas (presuntas) desviaciones sexuales, catalogadas en cuatro grandes grupos. Aunque Krafft-Ebing escribió un tocho académico y con partes en latín, el libro se convirtió en El Código Da Vinci de la época.
Y de una época, a otra. Aunque hoy día muchas de las presuntas desviaciones de las que hablaba Ebing se han quedado en meras variantes sexuales, su tipología sirve para hablar de tendencias que se mantienen hoy día en muchos ámbitos, entre ellos los videojuegos.
A nadie se le escapa la imagen que evocan las armas de los shooters subjetivos, siempre enhiestas y cada vez más grandes. O que cada vez se potencia más la sexualidad de las ninfas virtuales. Y sobre todo: ¿qué es lo primero que hacemos si a) disponemos de vista subjetiva y b) tenemos un personaje atractivo frente a nosotros? Efectivamente.
Todos los que jugamos somos voyeurs, masoquistas, sádicos y mil guarrerías más. Pero antes de que salten las voces de alarmas, hay que señalar que todo es normal.
Porque nada de esto es nuevo. Estos comportamientos son atavismos que el ser humano realiza por impulso desde tiempos inmemoriales, y en toda clase de medios. ¿Imagináis que a los que pintaban diosas de la fertilidad en la Antiguedad los hubieran llamado pajilleros? ¿O que Rubens fuera acusado de pervertido porque le iban las señoras rellenitas? Nada de eso. De hecho, si escuchasen esta teorización, sonreirían y seguirían a lo suyo, divirtiéndose. Seguid su ejemplo.