De hecho, si consideramos tal combinación de escenario y protagonistas, podría entenderse el videojuego como una especie de onanismo en seco: igual de divertido y adictivo, pero más limpio, más decoroso... y más caro. Además, ningún producto cultural de consumo que esté destinado a tal público objetivo se privará de utilizar el sexo, en mayor o menor medida, como motor, gancho u ornamento. Es por todo ello por lo que, amigos, los videojuegos huelen a sexo: a cristales empañados, a miradas vidriosas, a jadeos ahogados, a turgentes carnes poligonales y a píxeles marcados en apretadas camisetas. Bienvenidos a un paseo por el lado más cochinote de la industria.
Primeros tocamientos
Resulta complicado trazar los primeros ejemplos de carga sexual más o menos evidente en un videojuego. Posiblemente pudiéramos delinear los orígenes de todo este despendole en los tres juegos pornográfi cos que la compañía americana Mystique creó en 1982, recién terminados los desmadrados años setenta, para el vetusto Atari 2600: Custer’s Revenge, Beat’Em & Eat’Em y Bachelor’s Party. El poco pudor que nos queda nos impide detallar el argumento, altamente escatológico, de los últimos (sobre el primero, ver el cuadro adyacente) y resulta difícil constatar el grado de éxito que la compañía tuvo a la hora de crear juegos «para adultos, no para niños, que traten sobre fantasías adultas reales», tal y como e l l o s mi smo s anunciaron, fundamentalmente porque la potencia gráfica del Atari hacía que los juegos fuesen tan excitantes como un puñado de bloques de Lego tratando de aparearse. Más éxito tendrían los primeros strip-poker: el, posiblemente, primero de todos, fue programado (a finales de los setenta) en las computadoras del centro astronómico de Düsseldorf por un auténtico hijo de Onán, un alemán llamado Dieter Echardt. El género ha cosechado desde entonces un notable y constante éxito, y nos ha dejado tan gratos recuerdos como aquel Samantha Fox Strip Poker, protagonizado por la neumática musa de los años ochenta. Ya entrados en tan desmelenada época, asistimos a una proliferación de carne sin igual en las portadas de nuestros juegos favoritos. Destaca el caso de España, donde las portadas de Luis Royo para Ópera y Dinamic llegaron a ser sutilmente censuradas en otros países. Son los años del beef-cake, el pastel de carne, el culto al cuerpo, las mallas de aerobic sudadas. Los años de Traci Lords. Los años anteriores al SIDA. Así llegó la primera oleada de erotismo a nuestras pantallas: con Elvira, la muy dotada reina de la noche, o Maria Whitaker, impresionante bárbara en bikini que desde la portada del Barbarian nos ilustraba sobre la moda de baño en el año 400 después de Crom. Los garrulos hiper hormonados salvaban occidente de los rusos en la gran pantalla, con esos Stallone y Schwarzenegger luciendo torsos como tabletas de chocolate. Y sus justas contrapartidas videojueguiles, rezumando erotismo por igual: esos hermanitos melenudos de Ikari Warriors, ese par de aceitosos maromos que escupían balas desde la portada de todo un Contra... arfff…
Calentamiento global
Pero si por aquel entonces América era el palpitante corazón de un adolescente en celo, Japón era directamente su bragueta. Responsables de generar el noventa por ciento del material cultural de consumo más raro, vicioso y perverso que llega a nuestras manos, los japoneses se encontraban dos cuerpos por delante del resto del mundo en esto del erotismo digital. Las versiones guarrindongas de géneros clásicos, como ese Strip Fighter para PC Engine se sumaban a una creciente cantidad de juegos eróticos, juegos hentai y simuladores de citas que tendrían su versión occidental en la figura de Leisure-Suit larry (1987) un simpático fracasado, cuarentón y medio calvo, que trata (con poco éxito) de seducir cuanta jovencita se le pone delante. El humor grueso y las muchas situaciones picantes (más propias de una película de Pajares y Esteso que de un sueño húmedo de Andrew Blake) hicieron que la serie triunfara, y que fuera uno de los primeros juegos comerciales de éxito de temática más o menos centrada en el sexo.
Actualmente podemos encontrar contenido sexual más o menos velado en gran parte de los juegos orientados a adultos. Todos recordamos las muy explícitas escenas secretas de GTA: San Andreas - Hot Coffee que tanto revuelo causaron. Otros títulos, como Fahrenheit, que en USA sufrió un notable recorte, han tenido que rebajar el contenido sexual para esquivar la dichosa califi cación americana «Solo para adultos». Tampoco son escasos los juegos clásicos protagonizados por una caterva de macizorras capaces de empañar cualquier monitor: series como Dead or Alive, Rumble Roses o Zombie Hunters combinan lucha y exhibición cárnica, cosechando detractores y fans a partes iguales.
Y es que aunque el fenómeno de los casual gamers vaya en aumento, el grueso de jugadores seguimos siendo un atajo de degenerados.