A Fondo
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Hay momentos en la vida en que la diferencia entre machacar al contrario con precisión de cirujano y perder una ventaja insalvable no es cuestión de inteligencia o capacidad, sino de nobleza.
Es un poco como cuando te gusta una chica y te callas durante tres años por no parecer un baboso necesitado, solo que en este caso lo que se luce es carisma, la capacidad de perdonar la afrenta, la chulería generosa. Uno no puede ser tan mendrugo de rematar a un caído, aunque la mitad de los combos del Tekken estén diseñados para saltar sobre su cuerpo inerte y partirlo en dos con un grito triunfante. Porque nosotros no somos así. Nosotros somos gilipollas.
Uno de los mayores placeres exclusivos que experimenta un jugador es el de habitar un mundo perfecto: todo lo que existe está creado por y para ti. En el universo de píxeles no hay ningún gracioso jugando a los dados: las plataformas están exactamente a un salto de distancia, las amenazas en la esquina adecuada para que puedas sobrevivir si te lo curras un poco y todos los objetos son de utilidad, como los hechos inexplicables en las pelis independientes. Todos los obstáculos se ajustan con precisión a tu paso: lianas, trampas, helados. Brujas despampanantes cuyo poder supera al de la Medusa pero no al tuyo. Por eso, cuando le has metido el rodillazo al contrario en el momento perfecto, sabes que a partir de ahí (rodillazo-patada-rodillazo-patada) lo que queda es el destino, porque has encajado tu rodilla en un loop del que no podrá levantarse ni para pedirte disculpas.
Pero ¿lo haces? No, hombre, no. Te apartas y te esperas a que tu colega se levante para que pueda hacer la pollada del trompo con las piernas y reventarte los sesos contra el muro de atrás. Para que no te diga que haces juego sucio. Y porque en el universo pixelado todo es perfecto menos tú. Tú eres gilipollas.