Parece aturdida, ausente a la doble dimensión de sus desproporciones. Pilotando un avión y un helicóptero, usted tiene que conseguir derribarla, disparándole somníferos en zonas específicas de su cuerpo que se van señalando sucesivamente. Como es natural, estas zonas incluyen con frecuencia el culo y las tetas.
Puedo intuir las dos primeras cosas que ha pensado según ha leído esto: « Tengo que ver este juego al menos una vez en mi vida » y « Seguro que es una birria injugable ». Bueno, pues puedo garantizar lo segundo. De cuatro fases que tiene el juego, las tres primeras son demasiado fáciles y repetitivas, mientras que la cuarta es un sinsentido imposible de jugar. Parece dar igual: Demolition Girl pretende funcionar por su consciente extravagancia y desvergüenza para con el jugador. En otras palabras, Demolition Girl es al videojuego lo que las películas de la Troma son al cine: una chapuza asumida, chillona y barata que busca un público específico, escaso pero fiel.
¿Cuál es el problema? Sospecho que, para bien o para mal, el mundo del videojuego lo tiene muy difícil para alimentar un mercado de serie Z. Es posible disfrutar de una película mala. Pero tiende a ser complicado hacerlo con un juego malo, ya que la calidad de un videojuego afecta de base a su interacción: Demolition Girl está más cerca de un DVD rayado que del Vengador Tóxico . Visto así es triste: en el mundo del videojuego a veces encontramos basura en lo que nos venden como oro, pero a diferencia del cine, los tebeos, la literatura y la música, casi nunca encontramos oro entre lo que nos venden como basura.