El Mall
El Centro Comercial Parkview es, literalmente, inmenso. Nada que no hayamos visto en la realidad. Pero cuando hay que atravesarlo de cabo a rabo, con el tiempo justo para eliminar a un psicópata que tiene algo que necesitamos, abriéndonos camino entre centenares de zombis, la cosa se complica. No deja de ser gracioso – ni una novedad en absoluto, pero el chiste sigue ahí – que la acción transcurra en un centro comercial hasta los topes de trozos de carne con piloto automático… Lugares comunes aparte, el diseño de Parkview es meticuloso y consecuente: no se encuentran escopetas o motosierras en cualquier esquina. El jugador tiene que actuar teniendo siempre en cuenta dónde está cada cosa. Si quiere una katana, tendrá que buscarla en el lugar adecuado, o apañarse con lo que encuentre, lo cual lleva al uso como arma de objetos corrientes. Nada como coger compulsivamente una caja registradora porque no tenemos nada más a mano. También tiene sus ventajas: las peleas en zonas de alimentación son toda una bendición.
El contador de zombis eliminados
Lo primero que nos encontramos tras dar buena cuenta de nuestro primer muerto viviente es un simpatiquísimo contador de zombis eliminados en la parte inferior de la pantalla. Aunque luego esta idea será refutada, en parte, por el mismo juego y su mecánica, lo cierto es que este contador deja entrever una actitud clara: por mucho peso que tenga la investigación de Frank en el juego, esto es, a fi n de cuentas, una historia de zombis. Y en las historias de zombis siempre, impepinablemente, hay muchas, muchas, muchas muertes. En su bando, principalmente. Realmente es un detallazo hacia el jugador el que sea el propio interfaz el que lleve la cuenta de «cuántos han caído». Es más, el juego puntúa especialmente al jugador cuando se llega a cifras redondas (100, 150…), y varios de los logros que se pueden desbloquear se obtienen al ampliar considerablemente esta cifra: primero al llegar a mil, después a diez mil y, finalmente, a los 53.594. Esta rimbombante cifra es, ni más ni menos, la población total de Willamette. Descacharrante. El contador supone, además, una refl exión sobre los mecanismos de la cultura instituida por el cine de terror, al que los críticos pusieron en los ochenta, para referirse a su vertiente psycho-killer , el apodo de bodycount . ¿No queríais body-count ? Pues tomad uno, pero literal.
La cortadora de césped
No podía faltar un clásico de las películas de zombis más enloquecidas: la cortadora de césped. Quien más y quien menos pensará inmediatamente en ese director que algunos creen echado a perder hoy en día, Peter Jackson y su primeriza etapa, todo vísceras y desenfreno, culminada con la demencial Brain Dead y aquella escena protagonizada por un sala atiborrada de zombis y una cortadora de césped descocada. En su camino a través del centro comercial, Frank tendrá que atravesar en repetidas ocasiones Leisure Park, los jardines centrales. Precisamente en la entrada de Food Court, una de las galerías, hay una de estas máquinas. Más allá del guiño, es toda una tentación a la vez que una rápida solución a la acumulación de zombis que suele haber en esas puertas. Pero no acaba aquí la relación de Dead Rising con la jardinería: unas tijeras de podar tamaño king size o una guadaña, ideal para decapitaciones, pero que exige un inmaculado estilo de ejecución, harán las delicias de los menos ortodoxos.
El polémico sistema de guardado de partida
¿Qué puede ser peor que un centro comercial lleno de zombis que matar o esquivar, un misterio por resolver, y gente a la que rescatar aunque sea en brazos…? Respuesta: no poder salvar la partida cuando nos de la gana. Apéndice a la respuesta: no poder salvar sobre dos archivos diferentes. De buenas a primeras a uno le dan ganas de matar a alguien. Aunque aquí estamos hablando del amor, y puestos a querer, a Dead Rising lo queremos hasta por esto. Porque, ¿qué mejor aliciente para el heroísmo que tener que salvar en la otra punta del centro comercial? Y si encima hay que pensarse muy mucho si conviene guardar la partida o no, entonces estamos hablando de Héroes en mayúsculas. Eso sin mencionar cuánto ayuda a crear un clima de tensión. Por otro lado, todo el mundo ve el chiste en tener que guardar la partida donde se hace de vientre, como dicen las abuelas. Pero un héroe como debe ser se pasa Dead Rising sin salvar.
Dead Rising como enciclopedia interactiva del cine zombi
Dead Rising, como todos sabemos, parte de un homenaje clásico: al Dawn Of The Dead de Romero, el fundacional hito del cine revivido que no sólo tiene en común con el juego la ambientación (el mall), sino también, por un lado, un par de contundentes mensajes sobre los hábitos consumistas de los humanos y cómo sus costumbres perduran más allá de la muerte, y por otro, la mezcla única y muy imitada de horror y acción. Sin esa mezcla, inventada por Romero y patrocinada por Dario Argento, no existirían Resident Evil y demás survival-horror. Hay más Romero en Dead Rising, claro (el necesario héroe negro en cabeza), pero también encontramos guiños al ultragore de Peter Jackson y su splapstick (mezcla de horror y comedia: véase la humillación a los zombis), a la deliciosa trilogía alternativa de Dan O’Bannon (con las referencias cruzadas a todo tipo de cine de terror), a los submundos de los resucitados italianos (en algunos giros de guión y en la sempiterna lentitud de los muertos) y hasta a las escasísimas películas que incuyen vudú y ritos tradicionales para revivir a los muertos (como La Plaga de los Zombies o La Legión de los Muertos Sin Alma). Un festival de homenajes para el cinéfago caníbal.